domingo, 15 diciembre 2019, 03:50
Sábado, 30 Noviembre 2019 05:10

Recordando al primer crack del fútbol mundial

Escrito por  Lemay Padrón Oliveros / Especial para CubaSí
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Afinador de pianos, limpiador de zapatos o vendedor de periódicos, amante de la vida bohemia y los carnavales, así era la primera gran estrella del fútbol mundial: el uruguayo José Leandro Andrade.



Afinador de pianos, limpiador de zapatos o vendedor de periódicos, amante de la vida bohemia y los carnavales, así era la primera gran estrella del fútbol mundial: el uruguayo José Leandro Andrade. Nacido en la localidad de Salto el 22 de noviembre de 1901, donde décadas después vendrían al mundo Edinson Cavani y Luis Suárez, brilló hasta los 36 años en los clubes Peñarol, Bellavista y Nacional de Montevideo, y en los argentinos Atlanta y Talleres.

Recomendado por su amigo José Nasazzi, quien llegó a ser el capitán del combinado nacional, Andrade fue convocado para los Juegos Olímpicos de París-1924, donde rindió a sus pies a fanáticos y especialistas, y la prensa francesa le puso el apodo que lo marcaría de por vida: La merveille noire (La maravilla negra). En suelo galo hizo maravillas con el balón, y a la defensa patentó la tijera: se lanzaba frente al atacante rival que llevaba el balón, la pierna zurda se estiraba en una dimensión increíble y con la derecha entraba al quite, siempre efectivo.

Andrade no marca ningún gol en esos Juegos; sin embargo, es considerado la verdadera estrella del grupo, es la media punta deslumbrante de alta y pulida técnica que teje y borda cada acción desde el ala derecha, el más aclamado en esa generación que reunía picardía, ingenio, fantasía, temperamento y amor a la camiseta. A nivel personal, rompe en Europa el mito de que los jugadores de raza blanca eran los únicos con talento para el fútbol, a pesar de que el apodo de «La maravilla negra» tiene visos racistas, pero se debe entender porque en el Viejo Continente no habían visto a un futbolista de tez oscura.

Se cuenta que en el partido contra Yugoslavia atravesó medio campo con la bola dominada con la cabeza solamente. En el desafío contra Francia se mandó una carrera de 75 metros, dejando en el camino a siete rivales, hasta pasar al delantero Pedro Petrone y este pusiera el marcador 4-0 en el minuto 68. No es de extrañar entonces que embelesara a todo el mundo como un encantador de serpientes. El italiano Alfredo Pitt, quien jugó contra él luego, en 1928, dijo: «Estoy seguro de que Andrade puede fácilmente sostener un balón en el centro de Milán en medio de un carnaval sin dejarlo caer al suelo».

Entusiasta del carnaval, donde tocaba violín y tamboril, fue mermando en su juego víctima de su agitada vida nocturna.

Volvió a exhibir su donaire en Ámsterdam-1928, otra vez marcando con fiereza en los flancos, y saliendo al ataque con la elegancia y soltura de un bailarín, acariciando la pelota y driblando con movimientos de cintura dignos de la más refinada danza.

Sublime, fuerte como un robusto árbol y a la vez ágil como un felino, seguía deslumbrando al mundo como lo que era, un verdadero artista del fútbol. Jugaba tanto por derecha como por izquierda, y por la posición y sus habilidades se le compara con lo hecho por el francés Zinedine Zidane con su selección en el Mundial de 1998.

A la primera Copa Mundial no llegó en la genial forma de sus victorias olímpicas. Ya con 29 años, su rendimiento iba en declive, pero fue lo suficientemente genial como para volver a guiar al plantel charrúa, y ser escogido en el equipo ideal de la justa como carrilero derecho.

Tres veces campeón de la Copa América (1923, 1924 y 1926), se caracterizó por su eficacia, elegancia, inteligencia y tenacidad, bazas con las cuales llenó de gloria los clubes donde militó y la escuadra nacional.

Los éxitos deportivos, sin embargo, no le sentaron bien para su vida personal, pues mientras que después de sus retiros Nasazzi ascendió a director general del Casino de Montevideo, el delantero Pedro Cea pasó de vendedor de helados a periodista de radio y Héctor Scarone a entrenador, con Andrade fue todo cuesta abajo, en una caída comparada no pocas veces con la letra de un tango.

El 4 de octubre de 1957, pocos días antes de su cumpleaños 56, falleció el campeón mundial y doble monarca olímpico en el asilo Piñeyro del Campo. Estaba ciego totalmente, y sus pertenencias se limitaban a una cama, un armario y algunas medallas metidas en una caja de cartón de zapatos. Jamás quiso exigir reconocimiento alguno por lo que había hecho por el fútbol uruguayo, pero en honor a la verdad, tampoco nadie fue a buscarlo. Reunía tres grandes defectos: «negro, sudamericano y pobre», como diría irónicamente el sensacional Eduardo Galeano.

A lo mejor en el fútbol moderno hubiera sido una superestrella millonaria, pero probablemente su genio no hubiera podido ser desplegado como quisiera, ni su libertad y poca disposición a entrenar tolerada. Tal vez nunca hubiéramos podido apreciar al futbolista-bailarín. Quien tuvo el privilegio de verlo sobre un campo, nunca lo olvidó.

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