martes, 22 octubre 2019, 16:29
Sábado, 21 Septiembre 2019 07:30

Terrorista climático

Escrito por  Arnaldo Musa/Cubasí
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No sólo retiró a Estados Unidos del Acuerdo sobre el Cambio Climático y mantiene en un limbo la participación de su país en una próxima y urgente reunión internacional al respecto, sino que ahora vuelve a intentar el relajamiento del control sobre emisiones causantes del efecto invernadero.


Donald Trump, presidente de un país extremadamente contaminante, volvió a proponer la flexibilización de las restricciones a las emisiones de gas metano, uno de los causantes del efecto invernadero, a lo que se oponen grupos ecologistas e inclusos sectores de la industria energética.

La Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) presentó una propuesta que busca revertir la regulación impulsada por el ex presidente Barack Obama, que exigía a la industria del petróleo y del gas evitar la emisión de metano a la atmósfera durante la perforación de nuevos pozos; desde oleoductos y gasoductos, e instalaciones de almacenaje.

En concreto la EPA busca reducir los requisitos técnicos que hasta ahora se han pedido a las empresas del sector para controlar las filtraciones de metano, y su director, Andrew Wheeler, subrayó en un comunicado que esta iniciativa “libera a las industrias del petróleo y el gas de regulaciones innecesarias y duplicadas”.

“La Administración de Trump reconoce que el metano es valioso y que la industria tiene incentivos para minimizar las emisiones y maximizar su uso“, añadió Wheeler, quien sostuvo que desde 1990 la producción de gas natural en EE.UU. ha aumentado a casi el doble, en tanto que las emisiones de metano han bajado casi el 15%. “Nuestras regulaciones no deberían impedir esta innovación y este progreso”, subrayó.

Según los cálculos de la EPA, el metano representa casi el 10% de las emisiones de gases que contribuyen al calentamiento atmosférico y es unas 25 veces más potente que el dióxido de carbono para capturar el calor en la atmósfera.

Las industrias del petróleo y del gas son las principales emisoras de metano en EE.UU., y lo han sido durante mucho tiempo antes de que los avances en la explotación de esquistos bituminosos y la técnica de fracturación hidráulica (“fracking”) incentivaran toda una década de nuevas perforaciones.

La administradora asistente interina de EPA para Aire y Radiación, Anne Idsal, dijo en una rueda de prensa telefónica que los cambios propuestos ahorrarán a las industrias de hidrocarburos entre 17 millones y 19 millones de dólares al año.

Esta no es la primera vez que la Administración de Trump intenta relajar las restricciones sobre la emisión de metano, ya que en el 2017 el entonces director de EPA, Scott Pruit, trató de suspender las regulaciones, pero un tribunal se lo impidió.

El nuevo intento de la administración de Donald Trump ocurre cuando jóvenes de 156 países están envueltos en una campaña bajo el lema Salvemos al clima, no a los bancos, todo un reto a los intereses egoístas que contribuyen a ello, cuyas evidencias adquieren ya síntomas catastróficos en nuestro contaminado planeta.

ANTECEDENTES

Desde que el Panel Internacional Sobre Cambio Climático emitió su primer informe a principios de los 90, era evidente que la comunidad científica señalaba un grave problema ambiental que exigía una respuesta política proporcional y urgente. Tras la publicación de su Cuarto Informe en el 2007, las evidencias acumuladas eran tan evidentes, que la táctica del gran capital y de los gobiernos no es ya desprestigiar las evidencias científicas, sino tomar la iniciativa y hacer del cambio climático un nuevo negocio y pasarle la factura a las víctimas de siempre: el planeta, los pueblos del Sur, las clases trabajadoras del Norte y las generaciones futuras.

El Informe es concluyente al respecto: once de los doce años más cálidos desde 1850 se han registrado entre 1995 y el 2006. La temperatura media global ha aumentado 0,74 ºC, al tiempo que la tendencia al aumento de la temperatura de los últimos 50 años prácticamente dobla la de los cien anteriores. El incremento de gases de efecto invernadero, lejos de reducirse, sigue creciendo y lo hace a velocidad mayor de la prevista.

A nadie se le escapa ya que el cambio climático se concreta en catástrofes naturales cada vez más intensas y habituales. Es decir, manifestaciones meteorológicas cada vez más extremas: olas de calor sofocantes, sequías extremas, desastrosas inundaciones y huracanes.
 
Otros elementos clave que está provocando el calentamiento global es un ascenso del nivel del mar en todo el mundo, el retroceso de los casquetes polares, la desaparición de viejos glaciares. Todos estos fenómenos pueden provocar saltos cualitativos dramáticos en lo que respecta a la reducción de la biodiversidad y a la desaparición de ecosistemas enteros.

Es más, si rebasamos un cierto umbral de irreversibilidad, el cambio climático puede entrar en una especie de efecto bola de nieve en el que se generen emisiones suplementarias de CO2, o que se ocasionen también las llamadas “sorpresas climáticas”, como las fugas de metano (CH4, un gas de efecto invernadero 20 veces más potente que el CO2) almacenado en el permafrost y en algunos lechos marinos, que dispararían el cambio climático y lo harían incontrolable.

Todo ello tiene una traducción inmediata en la fragilización de la subsistencia en los cinco continentes: la desaparición de la pesca, de los cultivos y de otras actividades económicas constituye una catástrofe irreversible en muchos países, sobre todo del Sur.

De ahí que a las protestas de los sectores más humildes ya golpeados por este cambio, se unen hoy la de millones de jóvenes en casi todo el mundo, para exigir a entes que, como Estados Unidos, que cuenta hoy con un gobierno retrógrado, evite que las catástrofes climáticas concretas muten en una ecológica, económica, social y política, a la vez global y permanente.

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