jueves, 05 diciembre 2019, 17:29
Viernes, 04 Octubre 2019 03:19

ARCHIVOS PARLANCHINES: «¡Caballeros, estoy sala’o!»

Escrito por  Orlando Carrió / Especial para CubaSí

Mala suerte que puede traducirse en un daño material o moral, el cual le impide al sujeto recobrarse».

«¡Caballeros, estoy sala’o!... nada me sale bien, es como si tuviera una piedra metida en los juanetes», protestaba mi vecino Ambrosio cada vez que se levantaba con el «moño virado», sin imaginar, por supuesto, la increíble cantidad de historias, tradiciones y supersticiones que pueden girar en torno a un diminuto grano de sal.

La mayoría de los mortales observamos la sal con desdén, casi con desprecio. Según creemos, solo sirve para darle el punto mágico a ciertos platos, proteger las carnes y pescados y elaborar algunos encurtidos. No obstante, hay mucho más. Los egipcios, y más tarde los griegos, acostumbraban a echarla por encima del hombro izquierdo cada vez que alguien la derramaba por error, con el fin de cegar a los demonios que deseaban darles una puñalada trasera o revivir un mal augurio. Es sabido que existe un refrán que reza: «Si se vierte el vino, es buen signo; derramar la sal es mala señal».

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Los chinos, por su parte, consideran a la sal como símbolo de buena suerte, ideal para ahuyentar a los fantasmas, mientras que en Japón se rocía con este grano el escenario del teatro antes de comenzar la actuación para prevenir las juguetonas acciones de los espíritus. Los judíos y los musulmanes, con creencias religiosas tan diferentes, no se quedan tampoco atrás y coinciden en que el cloruro sódico los protege del ojo del diablo.

Es sabido, asimismo, que en ciertas épocas, los romanos adquieren el hábito de pagar a los funcionarios públicos con sal. La entrega de ese salarium se basa en la creencia de que habrá dinero si lo primero en entrar en una casa nueva, o en un negocio, es la sal, la cual, por cierto, no debe ser regalada ni pasada de mano en mano. Siglos después, ya en la Edad Media, los señores feudales la colocan de manera estratégica en las esquinas de las cuadras para proteger a los equinos de un montón de enfermedades.

Pero, bueno, volviendo al malgenioso de Ambrosio, estar sala’o o «tener una tremenda salación encima» puede tener que ver con una sucesión de hechos desafortunados: un grano no lo deja montar la bici, se acabaron los chícharos en la bodega, perdió la partida de dominó, su hijo «plantó» y le metió la novia en la casa, no le llegó el paquete semanal a tiempo… en fin… la lista es tan escabrosa, que da pie al estribillo de un conocido son: «Padrino, ¡quítame esta sal de encima!».

Este embrujo de la sal toca igualmente las puertas del amor, como lo demuestra esta letrilla de Alex Rivera:

No he aprendido aún, sigo siendo el mismo
que se entrega y que ama a pesar de su
dolor siempre encuentro a la persona equivocada
¡estoy salado! siempre me engañan…

Esteban Rodríguez Herrera, en su obra Léxico mayor de Cuba, se da incluso el lujo de teorizar sobre este desequilibrio: «Una salación es una calamidad, infortunio o desventura que se ceba en una persona como si le persiguiera un hado fatal. Mala suerte que puede traducirse en un daño material o moral, el cual le impide al sujeto recobrarse».

Y a propósito, en Cuba, la supuesta fatalidad de la salación deriva, según Fernando Ortiz, del sentido mágico que los antiguos esclavos llegados de África otorgaban a la sal. Según estos, dicho condimento es portador de los más graves desbarajustes y, por tanto, una persona que sea «trabajada» con ella, automática y metafóricamente va a la ruina. ¡Qué peligro!

Bueno, ¿y qué les podemos recomendar a los sala’os? Mi amigo Pantaleón, un zapatero medio filósofo, me dio tres consejos santos: dejar de ser negativos y agoreros, hay gentes que pierden las batallas antes de tirar una miserable piedra; ser más calculadores, audaces y entusiastas ante la vida, o lo que es igual, ponerle más empeño a las cosas, y, por último, dejar el miedo debajo de tu cama, pues de los tímidos y jutías nunca se ha escrito nada bueno.

Por fortuna, la expresión «estoy sala’o» ha ido evolucionando en estos tiempos tan globalizados y enemigos de las viejas tradiciones. Ahora resulta que este dicho en Cuba no siempre se asocia con la desgracia, sino que, como sucede en España, sirve para enfatizar la simpatía de algunos tipos llenos de agudeza e ingenio, casi siempre galanes, capaces de hacer reír a los lagartos más aburridos. Claro, el tono de la voz y los gestos que deben acompañar estas voces suelen ser decisivos a la hora de evitar confusiones enojosas y peligrosos calambres cerebrales.

Modificado por última vez en Lunes, 18 Noviembre 2019 11:38

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