sábado, 14 diciembre 2019, 10:56
Lunes, 21 Octubre 2019 05:35

ARCHIVOS PARLANCHINES: ¡No me gusta el despelote!

Escrito por  Orlando Carrió / Especial para CubaSí

Cuando compartí esta crónica en Facebook, un amigo me comentó que la visión del cubano ofrecida en este escrito resulta «turística», fuera de época y alejada de la realidad. Me acusó de mezclar la música de Grenet con el actual reguetón más barato. No lo creo. Sé que hay ciudadanos pesimistas, pero también hay amigos que siguen subiendo piedra a piedra y creen en el futuro más allá de los inconvenientes de la vida diaria.

Estos últimos siguen siendo extrovertidos, gritones, audaces, cuentistas y exagerados, además de trabajadores, simpáticos, bromistas y bullangueros hasta más no poder. También creen saberlo todo, y lo que no, se lo imaginan. De todas formas, muchos de ellos han caído presas de costumbres que, a fuerza de repetirse, se han convertido en normas inviolables, algunas de las cuales se antojan algo extravagantes.

Con el ron, digamos, pasan dos cosas: al descorchar una botella hay que tirar un trago al suelo para que lo gocen los santos y, acto seguido, el licor debe beberse puro, sin hielo, sin cola y con el grado de alcohol más alto, como parte de un ritual donde no pueden faltar el dominó, el buen tabaco, las palabrotas y el intercambio de opiniones.

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Somos, igualmente, esclavos de los helados de barquillo y de los platanitos fruta. Pero, claro, si hablamos del 31 de diciembre, y el aumento del salario reciente lo permite, caemos rendidos ante el arroz blanco con frijoles negros, la yuca con mojo y un lechón asadito que se transforma en el rey del alboroto familiar. ¡Ese día no se puede comer nada más!

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Como parte de nuestros mecanismos de comunicación, los cubanos estamos atados, asimismo, al beso y al abrazo más efusivo. El saludo seco de «¿qué hay» o «¿qué vuelta?» es para las personas que menos nos laten o anónimas. Y ni hablar de nuestro sempiterno delirio con la familia. Podemos tirarnos, a veces, los cacharros a la cabeza; sin embargo, todo lo discutimos con papá, mamá, hermanos, hijos… sin olvidar a los tíos políticos y a los primos terceros. ¡Ah!, y en el hogar los padres son «los viejos» o «los puros», un término aún más campechano.

Otra de las obligaciones que tenemos es la de llevarnos bien con los vecinos, nuestros aliados de siempre (más allá de ciertas broncas pasajeras), a quienes dejamos la llave cuando viajamos y les pedimos que nos llenen los tanques de agua, atiendan a los fumigadores y mantengan alejada la propiedad de manos intrusas. Esta excesiva confianza en el prójimo nos lleva, incluso, a sacarles cháchara a personas desconocidas a las que, sin el menor rubor, les revelamos más de un secretillo.

He conocido a varios extranjeros que se han quedado sorprendidos porque, a la hora de estar caminando por Obispo, ya se sienten como en casa: les llueven los apretones de mano y las palmadas en el hombro; todo el mundo les brinda café o ron «pela’o», y hasta los quieren acompañar a visitar el Castillo de la Real Fuerza o recorrer la capital en coches de caballos.

Una de las rutinas que no se pueden violar es la de hablar con doble sentido. A ratos, no podemos o no deseamos decir las cosas claras, al duro, y entonces se apela a ciertas locuciones que pueden molestar a más de uno y son un claro reflejo de la sandunga nacional: «Oye, amigo, eso se cae de la mata» (es muy evidente); «mija, ¿te peinas o te haces papelillos?» (la fulana está indecisa); «papi, tú te das tremenda lija» (es vanidoso el tipo), o «el que nace pa’ martillo, del cielo le caen los clavos» (suertudos, ¿yo?).

Una regla de oro que llena de admiración a los foráneos es nuestra habilidad para arreglarlo todo y ponerle trampas a la posible escasez: inventamos las piezas de los «almendrones», cada día más careros; les ponemos chillones motorcitos a las bicis chinas, o metemos las entrañas de un viejo ventilador chino en un «pepino». En la Isla nada se desecha; al contrario, todo se reutiliza —a veces, con propósitos inverosímiles y diferentes a los originales.

Podemos sudar la gota flaca para tomar una guagua y ponernos patines para conseguir algunos productos en la tienda, mas las fiestas bien ruidosas y con mucha gente nos siguen poniendo boca arriba. En cualquier reunión de cubanos las cervezas pueden estar calientes y duro el pan de los bocaditos con pasta, pero jamás pueden faltar la música —bien alta— y el baile de caderas y pies incesantes que nos alimenta y satisface al máximo. Y con la playa sucede lo mismo; no obstante, hay una ley: a Varadero, Santa María u otro balneario solo se debe ir en los meses de estío. A pesar de que disfrutamos de un eterno verano, los nacionales reniegan de sus palmeras durante los meses de «invierno» y no dudan en sacar sus abrigos en cuanto la temperatura baja un poco de los 24 grados.

En fin, aunque a nivel personal los cubanos damos la imagen de ser «buenas gentes» y, sobre todo, libres a la hora de improvisar bochinches como parte de las batallas del día a día, en realidad nos ponemos malgeniosos cuando no se respetan nuestras prácticas habituales y se confunde el «coco con la mermelada de guayaba». Pruebe y verá.

Modificado por última vez en Viernes, 13 Diciembre 2019 14:54

Comentarios  

 
#5 alexander 23-10-2019 18:11
Pues para mi el artículo está muy bueno. No todos los cubanos somos bullangueros, ni siquiera todos saben bailar. Pero si es lo que identifica a la mayoría.
Nosotros tenemos que aprender, como trató el gran Fernando Ortiz, a diferenciar lo malsano de lo popular. Hace años (pues hoy en día no es así por mucha fama que tenga), en Siboney se podía dormir un mediodía y jugar en la calle. Se podía escuchar hasta el viento. Sin embargo, en ciertos lugares de La Lisa y Marianao era otro ambiente. No estoy hablando del mal ambiente, sino de la cultura tan diferente que se veía en un lugar y otro. En esos lugares siempre estaban de fiesta, en Siboney era los fines de semana o en fiestas familiares que no molestaban al vecino. Ninguna de las dos está mal. El problema sería cuando se obliga al del lado a participar de su idiosincracia sin respetar la de él.
Particularmente, me siento bien en cualquier círculo siempre y cuando haya respeto y sin conflictivismo. Hay lugares donde es más importante la educación que la honestidad y la hipocresía se los come. En otros la intrusión en la casa, el baño y hasta la cama es normal sin que haya malas intenciones. No me molesta que venga un joven y me diga "permiso mayor", o "mi tio discúlpeme ¿Me puede decir la hora?" En fin, yo me siento un poco mayor (no viejo) que él (ella) y siento que todos podrían ser efectivamente mis sobrinos.
 
 
#4 Normal 23-10-2019 14:31
Estimado Orlando: Coincido con el comentario de su amigo de que resulta un comentario Turístico su articulo. porque emplea un vocabulario fino, por así decirlo, imagínese, que escribas las palabras que utiliza al compañero del comentario #2 Bullanguero, a mi me gusto su escrito, en resumen hemos vivido todos lo que escribe, cuando jugamos al Domino, somos más que emotivos, ¡vamos que te cerré el juego!, ¡Me pegue! y cuando logramos reunimos a la familia un 31 de diciembre, esa es la típica comida de ese día. ¡Muy bien!.
 
 
#3 Angel 23-10-2019 12:01
Pero los cubanos tenemos tremenda mala fama en el exterior y cuando digo el exterior digo donde quiera.. por qué sera????
 
 
#2 carlosvaradero 21-10-2019 11:52
Hola amigo Orlando, lo que dice tu articulo es muy cierto, sólo que a veces los cubanos nos pasamos y exageramos todo lo que planteas, al punto de rozar sin dudas, lo vulgar y chabacano.
No soy adicto a ese despelote sin embargo sigo siendo cubano, cuando saludo a mis amigos y vecinos lo hago bajo el sentido de respeto que se merecen, no los llamo por sus apodos (si lo tienen), me gusta llamarlos por su nombre, le doy la mano y no creo que alguna vez me hayan oído decir "acere" ni "qué vola" y no por eso dejo de ser tan cubano como el primero.
Por estos tiempos se ha perdido un poco (bastante diría yo) el respeto al prójimo y con la excusa de que así son los cubanos he visto pulular la grosería y lo cursi.
Eso de que para ser buen cubano hay que ser bullanguero, hablar alto (gritar) y decir palabrotas, no lo creo.
Es mi punto de vista.
 
 
#1 mariana 21-10-2019 08:20
Muy transparente y cierto tu comentario, así es el cubano y el que crea lo contrario, como dice el refrán; Tumbalo que es de cartón.
 

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